La invisibilidad de sí mism@s
Crecemos pensando en quienes queremos ser, no crecemos pensando en que desde que nacemos empezamos a ser. Es un poco confuso al principio, pero en la medida en que volvemos a las experiencias de nuestra infancia recordamos frases como: “¿Qué quieres ser cuando seas grande?”, y en la medida en que nos acercamos a la adolescencia: “Debes estudiar para ser alguien en la vida”. Frases como estas nos llevan a pensar que el ser es algo que debemos construir, que esa construcción se lleva a cabo adquiriendo -conocimientos, artículos, cupos en instituciones, lugares sociales, etc.- y olvidamos que somos en la medida en que vivimos, es decir que el ser no se construye en el futuro, sino que fluye en la medida en que existe.
En este sentido, en lugar de ocuparnos en las formas de ser en el aquí y en el ahora, vivimos preocupados por el futuro y las adquisiciones que podamos visualizar en él. Dejamos de vivir para adquirir. Y aunque la conciencia se vuelque a ello dentro de la vida cotidiana, algo en el fondo nos hace sentir que hay una carencia y entonces aplicamos lo aprendido y buscamos algo externo para cubrirla, sin pensar que quizás sea una carencia de nosotros mismos.
El mercado nos confunde un poco, para cada crisis o problema de vida nos “venden” la receta para remediarlo. La compramos. Para aquellos altamente sugestivos funciona al principio. Para los más reflexivos fracasa, y entonces además de la crisis se sobreviene un sentimiento de frustración y se posiciona en el pensamiento un continuo “no puedo”. Entonces como “no podemos”, ¿Para que seguirlo intentando? Mejor nos distraemos trabajando, o consumiendo, o comiendo, o en cualquier otra práctica que nos lleva a conectarnos con lo externo y nos aleja de nosotros mismos. Sin embargo a veces las respuestas están adentro y no me refiero a la frase de cliché que ronda en las redes sociales, sino al ejercicio reflexivo de cuestionar lo que creemos que somos, lo que creemos placentero, lo que confundimos con felicidad, para poder identificar qué de ello nos consume la vida. Se trata de hacer un ejercicio en el que transformemos los hábitos inconscientes o profundamente arraigados que nos llevan a incrementar el vacío interno, para luego generar la necesidad de consumir personas, experiencias y cosas. Es una actividad muy interesante, en la cual me pregunto ¿qué me está costando tener lo que tengo? Por ejemplo comprar un celular nuevo aún teniendo uno que funciona perfectamente, ¿cuántas horas de trabajo -de vida- me cuesta? ¿Cuánto estrés me cuesta? ¿Cuántas preocupaciones me cuesta? ¿Qué beneficios reales me trae? Así poco a poco podemos empezar a priorizar y a darnos cuenta qué adquisiciones sobran, qué cosas realmente no puedo apreciar en el afán de conservarlas, qué bienes me esclavizan y me complican la vida.
Pero para ello es importante poder conversar con lo que soy, primero preguntándome quién soy y reconociendo y aceptando que no soy ni un nombre, ni una profesión, ni un cúmulo de cualidades y defectos que la gente dice que tengo, sino que soy un ser complejo que vive y siente a cada instante, que no necesita etiquetas -porque la humanidad es tan diversa que es absurdo pensar que podemos encajarla masivamente en un adjetivo-, un ser humano que hace parte de un contexto el cual afecta y lo afecta, y en el cual cada decisión genera unas reacciones de las cuales somos responsables y ante las cuales podemos actuar y decidir.
Este es un camino que no tiene una receta, por ello es que desde la psicología no existen recomendaciones predeterminadas, sino estrategias para promover condiciones y estimular herramientas de búsqueda emocional y cognitiva relativas a la forma de existir, pensar, operar y vincularse de cada sujeto. Es importante darnos cuenta que en la mayor parte de nuestro tiempo diario somos invisibles a nosotros mismos por estar mirando afuera, por el afán de sentirnos parte de algo externo, por la “necesidad” de conseguir la aprobación del otro y de llenar un vacío que no es de consumo y que por ello consumiendo nunca vamos a llenar.
Esta es una pequeña invitación a hacer un sencillo ejercicio: que tal si todas las mañanas antes de empezar el día me pregunto, ¿Qué sensación me trae mi vida en ese preciso momento? ¿Me trae preocupaciones de deudas? ¿De salud? ¿De responsabilidades familiares? ¿De satisfacer las opiniones sociales? ¿Siento realmente plenitud y felicidad al saber que debo ir a trabajar porque mi trabajo me conecta con lo que soy y con lo que puedo dar de mi a mi entorno?
Y si en la noche cerramos el día preguntándonos, ¿Qué sentimos en ese preciso momento? Sentí que el tiempo va muy rápido, ¿Rápido para qué? Me siento agobiado pensando en las responsabilidades que me esperan al otro día? ¿Siento que mi existencia cobra sentido con lo que hago de mi vida cotidianamente? ¿Me siento que el vivir la vida diaria me deja en la noche un cuerpo cansado y una mente que no quiere pensar ni cuestionar nada, sino solo ver tv o internet o cosas que distraigan de lo que pasa adentro?
Y si haces el ejercicio, ¿Cuáles serán tus preguntas?
